
Cristina Peris.- Era, sin duda, el más querido de aquel cementerio, a pesar de que, en vida, apenas había superado los seis años. Nunca habían faltado ni flores en su tumba, ni la
visita diaria de su ama durante los diez años transcurridos desde su muerte.
Nestor había sido un gatito feliz, según relataba ella a todo transeúnte que le prestase oídos en aquel cementerio de animales, desde el día en que su madre, callejera, con ese sexto sentido que poseen las madres gatas para adivinar las perspectivas de sus cachorros, decidió abandonarlo. Ella no quería quedárselo, porque huía de lo que presentía como una prolongada responsabilidad, sin embargo tenía el corazón sensible y no pudo abandonar a aquel cachorro a su suerte, así que se dispuso a criarlo a biberón. También le curó una rinotraqueítis muy fuerte que padecía.
El gatito se aferraba con todas sus fuerzas a la vida, y salió adelante. Cuando estuvo ya criado y fuera de peligro, ella ya había decidido adoptarlo, aunque no sin titubeos debidos a la pérdida de independencia y movilidad que acarrearía la compañía de aquel cachorro.
Pero Nestor se hizo pronto insustituible. Su dueña contaba entre lágrimas los gestos de agradecimiento del felino cuando decidió, por fin, llevarlo a su casa, así como los mil y un detalles cotidianos con los que se los fue ganando hasta que se hizo un compañero imprescindible en sus vidas: salía a recibirles cuando llegaban a casa, dormía a sus pies en invierno dándoles calor, y jamás se subió a la mesa ni al banco de la cocina, indicando así que, aun siendo callejero, era uno de los gatos mejor educados que se podían encontrar.
Y fueron pasando los años, era época de cambios en el trabajo y en sus vidas, pero aquel gatito permaneció.
Un día Nestor amaneció enfermo. El veterinario dijo que era cosa del hígado. El gatito respondió al tratamiento y, como siempre, salió adelante.
Un año después volvió a sentirse mal, pero esta vez los análisis fueron más exhaustivos. El resultado cayó como una losa sobre sus oídos: “Síndrome de Inmunodeficiencia felina”.
Había pasado años sin síntomas, pero en aquel momento la enfermedad ya se estaba desarrollando y Nestor tenía los días contados: alguna infección lo iba a matar. Sus defensas
estaban muy bajas, esta vez le había afectado a los riñones que, como le dijeron, ya apenas producían orina.
Acudieron a los veterinarios de más renombre para ver si algún milagro podía devolverle la salud a aquel, hasta ahora, alegre compañero. Todos fueron unánimes: “Hay que sacrificar, se está envenenando lentamente y hay que evitar una muerte dolorosa”. El estado de inconsciencia del minino sólo era interrumpido por lo que parecía ser algún leve gemido de dolor, así que ella accedió, aun a sabiendas de que con ello decía adiós al mejor compañero que podría encontrar en años o, quizá, en toda la vida. Aún hoy insiste en que volvería a pasar por todo ello con tal de pasar otros seis años con aquel gatito tan listo y cariñoso.
La inmunodeficiencia no tiene cura, pero los animales que sufren esta afección pasan años asintomáticos, y éstos pueden ser años de risas, juegos, compañerismo, complicidad, es decir, unos años inolvidables.
Si quieres darle una oportunidad a un gatito portador de esta dolencia, has de saber que no es para nada contagiosa a los humanos o los perros, sólo se contagia a otros gatos sanos, así que no adoptes a uno de estos gatitos si tienes otros gatos sanos en casa (puedes tener otros gatos que también sean positivos a inmunodeficiencia). Por lo demás, no hay inconveniente en adoptarlos: suelen tener la vida algo corta pero son tremendamente agradecidos, no les cierres la puerta y déjales demostrarte cuánto cariño te pueden dar y cuánta alegría pueden poner en tu vida. 
En la Protectora de Valencia esperan estos nueve gatos con la característica comun de ser positivos a inmunodeficiencia.:
Tenemos, en primer lugar, a Birmano, que es un cruce de siamés con birmano con el hechizo que caracteriza a esta raza. Es un gato cariñoso, pero sabe guardar las distancias.
Félix es un gatito que lleva un año en el centro. Llegó con una cadera rota y, tras llevar un fijador durante tres meses, quedó sin secuelas. Es un gato sociable y cariñoso.
Gordi llegó con un mes de vida al centro, hace aproximadamente un año. Entró con el cuello ligeramente torcido debido a un golpe o una otitis mal curada, cosa que no le impide desarrollar su vida de forma normal. Es un gato tímido al principio, pero luego es muy sociable.
Trini es una gata casera que llegó al centro hace un año después de un desahucio. Está esterilizada. Al ir a hacer su cuarentena a una casa de acogida se escapó durante un mes, período en el que contrajo el Síndrome de Inmunodeficiencia de los gatos.
Draqui llegó al centro procedente de una recolocación de una colonia hace un año. Es un gato muy cariñoso y juguetón.
Stevie es un gato callejero que llegó recientemente. Es ciego, pero se desenvuelve muy bien y es muy cariñoso.
Pirata es un macho castrado que lleva dos años en el refugio. Perdió una de sus patas delanteras debido a un atropello.
China llegó hace ocho meses al refugio, preñada y con un ojo mal. Procede de una reubicación de colonias. 
Y por último, Boogey es una hembra muy cariñosa que lleva en el centro dos años. Su handicap es que tiene una descoordinación del sistema nervioso, algo que no le impide desenvolverse en su entorno.
Todos estos gatitos pueden convivir con otros gatos positivos en inmunodeficiencia, insisto en que con lo único que no puede convivir es con gatos que no sean portadores de esta enfermedad.
Para adoptar uno de estos gatos, contactar con el teléfono 686 134 166 indicando el nombre del gato que se desea adoptar.
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