El lenguaje, esa poderosa herramienta

Publicado por on Mar 6th, 2013 y clasificado en Artículos, tus noticias. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada

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Viñeta El Roto. El País

Por: Patricia Amigo Lorido

El filósofo apunta en su obra a la existencia de una correspondencia exacta entre lenguaje y pensamiento: lo pensable es posible, y viceversa. Es decir, sólo puede expresarse aquello que se piensa y sólo puede ser pensado aquello que se expresa. ¿Quiere decir esto que, en húngaro, al no asignársele sexo a nada, no se distinguen mujeres y hombres, hembras y machos? En absoluto. Algo similar ocurre en nuestro idioma, cuyo sistema de número gramatical se basa en la oposición singular – plural, mientras que otras lenguas como el árabe incluyen el dual y aún las hay que distinguen trial, cuadrial, paucal o nular. ¿Acaso no somos nosotros capaces de diferenciar grupos de dos unidades de conjuntos de más de dos? Nada más lejos de la realidad. El lenguaje influye en el modo de pensar, no hay duda, pero no es el único factor que lo determina.El Tractatus lógico-philosophicus fue el único libro publicado en vida por el austríaco Ludwig Wittgenstein; cuyas ideas, desgraciadamente, no parecen tener cabida en los planes de estudio de la Enseñanza Secundaria ni en los de Bachillerato en lo que a “la Filosofía” o “la Lengua” –véase lo deliberado de las comillas– se refiere.

Muchas veces no somos capaces de expresar con precisión lo que pensamos, bien sea porque desconocemos qué palabras emplear; bien porque no parezca haber en nuestra lengua ninguna que responda con exactitud. En este caso, el lenguaje estaría más limitado que el pensamiento y la correspondencia no sería la estipulada por el austríaco; quien sostenía que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Quizás la solución se encuentre en una escéptica postura intermedia que encuentra un reflejo más o menos fiel en otra de las máximas del Tractatus: el significado es el uso

. Según esto, una sociedad en la que nieve con acusada frecuencia desarrollará en torno a dicho elemento una estructura de pensamiento –y también de lenguaje– que diferirá en gran medida de la existente, por ejemplo, en nuestra comunidad. Así, tenemos en Groenlandia occidental ocho tipos de nieve caída en el suelo, mientras que en nuestro entorno apenas diferenciamos la nieve caída de la que cae o está por caer. De tal modo que la forma de vida, las costumbres de cada sociedad, determinan la estructura del pensamiento colectivo y del lenguaje, sí; pero el pensamiento individual puede exceder esos límites convencionales: un dolor propio que no sabemos explicar, un matiz cromático que distinguimos aunque no se corresponda con denominación alguna, etc.

Ahora bien, ¿es el lenguaje, al mismo tiempo, una herramienta capaz de influir en la realidad? Antes de intentar dar una respuesta sólida hemos de partir de la siguiente idea: un significante (una palabra escrita o hablada) implica una realidad extralingüística (algo que innegablemente existe, el referente) y una imagen mental, además de un proceso de conjunción de los tres elementos. Si admitimos que el signo lingüístico abarca todo lo anterior, es obvio que el cambio de uno de los vértices (la palabra, lo real o nuestra imagen mental) alterará todo el conjunto. La respuesta a la pregunta ha de ser, por tanto, afirmativa.

Crear una nueva palabra supondrá, entonces, crear una visión de la realidad que responda a aquélla; y el asunto está a la orden del día. Un ejemplo ilustrador es el uso que de la lengua hacen aquéllos que ostentan –o ansían– el poder, bien sea ahora, bien a lo largo de la historia. En efecto, la clase política suele caracterizarse por emplear la palabra para construir aquella realidad que mejor se ajuste a sus intereses –o, por no salirnos mucho del tema, al interés general.

Así, tenemos, por ejemplo, un “Recargo temporal de solidaridad” y no una “Subida de impuestos”, una “Recuperación de Activos Ocultos” y no una “Amnistía fiscal” o un “Ticket moderador” y no una “Tasa por receta farmacéutica”. La realidad queda, por tanto, al servicio de expresiones vacías de contenido que no encuentran barreras a su difusión y aceptación y que permiten acallar voces discordantes: si no se dice nada, tampoco hay nada que reprobar; si pongo límites a mi lenguaje, contribuyo, en gran medida, a limitar mi pensamiento, mi realidad.

Llegados a este punto es inevitable acabar como empezamos, con una pregunta: ¿estamos ante la Neolengua de nuestro particular 1984?

Fuente: www.livingcaceres.com

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